Como ser una princesa y no casarse en el intento.

Por Gretchen García H.

 “Cualquier mujer es capaz de ser una heroína tanto como un hombre. Necesitarán un amigo, o un aliado, pero nunca un salvador.

Hayao Miyazaki:

Todos recordamos los dulces finales de Disney: los recién casados se besan, el carruaje se aleja, una melodía suena “y vivieron felices para siempre…”  En efecto, pareciera que, hasta hace poco, la máxima de las películas animadas de esta megacompañía, era alcanzar la plena felicidad con el logro del matrimonio.

Para una productora de la envergadura de Disney, con grandes hitos y llena de historias conmovedoras y atractivas, es impresionante como trasmite valores que favorecen una postura evidentemente patriarcal, incluso cuando las películas son protagonizadas por mujeres. Afortunadamente, las últimas producciones como Frozen, Moana y Brave han logrado re-institucionalizar a la compañía y llegar al público infantil con un mensaje más versátil en cuestiones de género.

Imagen tomada de internet. Autor amymebberson en Tumblr.

Cuando hablamos de estereotipos nos referimos a una serie de estigmas consolidados con el paso del tiempo mediante una constante reiteración. Estos permiten una mayor comprensión de la sociedad de forma general y también funcionan como síntesis de información para facilitar el entendimiento de la cultura a través de grupos sociales. Pero en la medida en que uno crea sentimientos de superioridad y críticas sobre el otro, a base de ideas preconcebidas, ya se da lugar a prejuicios discriminatorios.

No se niega que utilizar estereotipos puede ser una buena herramienta como mecanismo de humor, pero también en cuestiones de dramaturgia es un arma de doble filo; sobre todo cuando, una y otra vez, se recurren a los mismos patrones y tipos sociales hasta llegar a un punto en que es inevitable deslizarse a lo cliché.

En este caso, la princesa es un personaje que se patenta como una representación de la máxima feminidad. Su cualidad de noble la eleva en rango social al de otras mujeres y a diferencia de la reina posee juventud. Desde los primeros cuentos, la princesa es el epitome de la belleza y la elegancia. Por tanto, es la figura que representa lo que se aspira ser por parte de las niñas.

La Bella durmiente (111.7 cm x 142. 2 cm, óleo sobre lienzo, John Collier, 1921)

Las princesas por tradición desde los cuentos literarios son jóvenes delicadas en necesidad de un rescate, por tanto, su encierro o la maldición casi siempre se convierte en una condición sine qua non. Es un personaje que requiere de un compañero masculino que protagonice todas las batallas épicas y con el que debe contraer matrimonio para ser feliz. Dicha figura masculina, toma el nombre de príncipe azul, ya que al igual que la princesa, debe tener un estatus político y un físico atractivo, además de cualidades como la valentía, la virilidad y la juventud. Entonces el Príncipe representa lo que aspira ser un niño: audaz, atlético y seductor.  

Ahora bien, los cuentos son partes de la infancia y Disney se especializa en adaptarlos. Pero teniendo en cuenta que el público meta de este tipo de filmes son las niñas, está trasmitiendo un mensaje equivocado basado en estar a la espera de ser rescatadas y lanzarse al primer hombre atractivo que aparezca para tener el dichoso final feliz.  Este argumento está basado en la apreciación y análisis desde teorías de género.

Pese a que las féminas de la factoría de Princesas Disney siguen caracterizándose por su estatus noble, juventud y cualidades físicas ideales dentro de los patrones de belleza occidentales; han evolucionado en cuestiones de género y sus últimas producciones animadas han intentado legitimarse con un mensaje decente y cognitivo. Para este ensayo se fundamentará solo con las películas del pasado siglo.

Cuando se produce la primera película Blancanieves y las siete enanitos, protagonizada por una joven princesa, queda evidente que ella, en efecto, era la mujer perfecta dentro de los patrones socioculturales de ese momento (décadas 30). Hablamos de ser joven, bella, delicada, sumisa, hogareña y con cualidades musicales. Pero más que nada es una mujer que necesitaba un rescate.

Blancanieves es el ejemplo perfecto de la representación de una mujer del momento. Pese a las arduas labores domésticas que se ve realizando desde el mismo punto en que arranca la película, tanto para su madrastra, como para siete hombres, no pone resistencia, simplemente lo asume como su razón de existir.  Claramente refleja que la esencia femenina estaba en asumir tareas domésticas y desvivirse por el hombre, como parte de su naturaleza social y de una obligación que impone su propio sexo.

Fotograma de Blancanieves (Walt Disney Productions, Hand D; Cottrell W; Jackson W; Morey L; Pearce P; Sharpsteen B; 1937)

Para justificar y defender su producción ante la ola de críticas contemporáneas, Disney alega que fue una expresión de la época y una forma de ser fiel al cuento original. Pero las dudas emergen cuando el patrón no se limitó a Blancanieves, sino que se repitió con Cenicienta y Aurora.

Sería erróneo afirmar que las representaciones y discursos audiovisuales son siempre contextuales y la historia lo demuestra. Mientras Disney producía películas de princesas dóciles, una compañía de animación creaba un estereotipo de mujer que desafiaría la norma sociocultural del momento: los Estudios Ghibli.

En 1984 el afamado director Hayao Miyasaki saca a la luz una película donde demostró que una mujer, dígase princesa, no solo podía ser hermosa, afable y talentosa sino también independiente, fuerte, luchadora y piloto. Se trata de Nausicaä del Valle del Viento. Pero no se limitó aquí, Miyasaki rompió con cada uno de los estereotipos de la animación del momento en la concepción del amor, de las relaciones familiares, de los villanos y en general de las percepciones sobre la guerra, la naturaleza y las relaciones humanas. Tal y como el mismo Miyazaki expresa: Cualquier mujer es capaz de ser una heroína tanto como un hombre. Ghibli demostró que ningún estereotipo está sujeto a reglas o contexto, en la animación el único límite es la imaginación y por tanto los clichés sociales no tienen cabida.

Cualquier mujer es tan capaz de ser heroína tanto como un hombre.
Hayao Miyazaki.

En Disney, hasta 1990 no sucede así. Las princesas carecían de individualidad, sus propias canciones demostraban el deseo de ser encontradas por algún príncipe y formalizar un vínculo amoroso. Más allá de su amor platónico, ellas no existen. Su vida estaba en función del logro del amor idealizado y de ser salvadas por un hombre valiente y sobre todo físicamente apuesto. El amor surge al instante ya que a Disney no le interesa que se conozcan o que evolucionen como personajes a lo largo de la trama, simplemente lo resume todo en un comportamiento sexista marcado por pares binarios: dominante/pasivo, masculino/femenino y fuerte/débil.

Fotogramas de diferentes producciones Disney.

Llegados a 1989, Disney decidió cambiar un poco su percepción. Es así como nace la adaptación de uno de los cuentos más tristes de Hans Christian Andersen: La Sirenita. El filme fue todo un éxito, sus canciones se volvieron icónicas y fue la primera de toda una lista de triunfos en la venidera década de los noventa. Fue concebido para las mujeres y prometió la puesta en pantalla de los ideales de libertad, independencia e igualdad de género tan anhelados en las animaciones de Disney. Dichos principios fueron aparentemente mostrados en la rebeldía de una adolescente ante su autoritario padre. Tras esta fachada vemos una vez más todo un esquema lleno de estereotipos modelados en un sistema patriarcal.

Más allá de su representación y sostén de conchas marinas, es su voz el verdadero símbolo sexual, con el que atrae al personaje masculino. A ello suma que el deseo de Ariel por su independencia está vinculado a un hombre. Si bien la canción demuestra que aspira a ser humana para ser libre, adquirir conocimientos y ser ella misma, esto no es más que una ilusión que engaña al público para disfrazar el machismo en sus decisiones.

Justo cuando culmina la canción, Ariel siente la curiosidad por un barco y se enamora a primera vista del primer hombre guapo que ve, salva su vida, huye y la canción suena de fondo, con un sentido diferente; no se trata de ser libre sino de ser parte de él, parte de la vida de él. (traducción al español)

Fotograma de La Sirenita (Walt Disney Productions, Clements R; Musker J; 1989)

Partiendo de ello, Ariel toma la decisión de hacer cualquier cosa por un hombre, incluyendo dejar su identidad, su voz y su familia. Esto es lo que Disney les enseña a las niñas, aprender que por amor deben dejar su individualidad, su talento, su zona de confort y que deben permanecer calladas y sumisas, porque la recompensa es un príncipe que la cuidará, la respetará y protegerá para siempre.

Y llegó el príncipe azul

Cuando yo era adolescente, la única imagen de lo masculino era el Príncipe Azul. Tuve uno que me destiñó al primer lavado, otro que se convirtió en sapo y otro que me protegió de todo menos de sí mismo (…)

Gabriela Acher: La guerra de los sexos está por acabar con todos

El príncipe azul, desde sus inicios responde al ideal del sujeto moderno, es decir, un hombre blanco, rico, heterosexual, valiente, guapo, fuerte y varonil. Por tanto, como afirma el teórico José María Valcuende del Río en Hombres: hacia la construcción cultural de las masculinidades (2003): el príncipe es …un hombre en el poder, un hombre con poder y hombre de poder. A ello se suma que tienen el deber y la capacidad de ejecutar al villano y ejercer la justicia. Por su puesto, un hombre con sus «cualidades», sabe cómo atraer y conquistar una mujer. Es justo todo lo que busca una protagonista para ser feliz y vivir llena de perdices.

el príncipe es un hombre en el poder, un hombre con poder y un hombre de poder.

Es el personaje que enfrenta todos los peligros y adversidades y se lleva como premio a la princesa.  Ella es su objeto sexual envuelto en situaciones conflictivas y no le queda más que subordinarse al hombre y esperar a que este resuelvas sus problemas. No importa que sea una película centrada en una princesa, que lleve el nombre de dicha joven, que este destinada a las niñas; es el príncipe quien se lleva el mérito, quien evoluciona dramatúrgicamente y quien enfrenta los conflictos representados.

En 1991, con La bella y la Bestia, Disney cambió su perspectiva. Esta película constituyó el punto de partida hacia una nueva etapa donde reformula el perfil de la mujer y su papel en la trama. Bella destacó mucho más que sus predecesoras, ya que no estaba interesada en el matrimonio, ni en las labores del hogar, ni mucho menos en los atractivos físicos de Gastón, un personaje, que si bien, no es un príncipe, igualmente ocupa un cargo socialmente alto en el pueblo. Es así como Bella es la primera protagonista que no siente la necesidad de establecer una relación con el primer hombre atractivo que encuentra, su interés va más allá del físico y lo políticamente atrayente.

Por su parte, el co-protagonista, por primera vez, no es un hombre encantador y guapo; sino una Bestia que representa los valores contrarios a los anteriores príncipes: es egoísta, soberbio, arrogante y además está condenado a su forma monstruosa por la vanidad e indiferencia, pero, sigue siendo un hombre viril y adinerado.  En este sentido, tanto Gastón como la Bestia están al mismo nivel. Ambos tienen poder económico, son orgullosos, masculinos, prepotentes y vanidosos. La diferencia radica en que Gastón es físicamente apuesto y ensalzado por el pueblo, mientras que la Bestia es temida. Pese a todo, Bella termina eligiendo a Bestia sobre Gastón porque ve más allá de su aspecto salvaje y lograr sacar su lado humano luego de la transformación sentimental del personaje.

Fotograma de La Bella Durmiente (Walt Disney Producitions, Geronimi C; Clark L; Larson E; Reitherman W; 1959)

La concepción donde la mujer con sus atributos femeninos como la ternura, la elegancia y la compasión termina enamorando a un hombre está arraigada a estereotipos de géneros muy antiguos. Para Disney, de la misma forma que ser delicada y femenina es un requisito básico para ser mujer; para ser hombre, es necesario ser viril y masculino. Esta supuesta dicotomía hace que los pares masculinos primen sobre los femeninos.

Una y otra vez desde Blancanieves…; somos espectadores de que el hombre heterosexual al que se aspira seduce a una mujer sin preguntar y sin consultar, se lanza con sus encantos y conquista el amor. Los niños, el público meta, absorben esta información y aprenden que son ellos los que tienen que actuar, mientras que ellas deben, simplemente, aceptar y esperar.

En el caso de Pocahontas, pese a ser atlética y fuerte, mantiene la gracia y la dulzura de sus predecesoras, pero más que nada es un personaje de marcada sensualidad. La relación con su co-protagonista está cargada de un aire sexual y seductivo y al igual que Bella cambia y suaviza los rasgos más masculinos y destructivos del hombre que interviene en su entorno para destruirlo. 

Fotograma de Pocahontas (Walt Disney Pictures, Gabriel M; Goldberg E; 1995)

Al final de la película, los colonos deciden volver a Inglaterra para que John Smith se recupere y éste pide a Pocahontas que lo acompañe pero ella declina su invitación ya que eligió su camino, se besan y acompañados por la brisa se dicen adiós. Es un momento transcendental, por primera vez una historia no termina necesariamente con la unión matrimonial de ambos personajes y la despedida dejó  un sabor agridulce. Se podría pensar que Pocahontas eligió su hogar por encima de lo que obviamente sería un ambiente hostil y desconocido para ella; pero muy lejos de serlo, la verdadera razón estaba en que, en este momento, Disney no podía permitirse un matrimonio interracial en una película para niños.

En Aladino, Jazmine no es la protagonista, pero su estatus y cualidades la hacen entrar en la factoría de Princesas Disney. Ella comparte el mismo bosquejo en su perfil, incluso es mucho más abiertamente sensual que sus predecesoras. Rechaza el matrimonio y asume una actitud en contra de la dependencia de un hombre. Pero su padre le insiste en su deber como princesa y mujer de contraer matrimonio con un hombre económica y políticamente privilegiado para que asuma su lugar en el trono y la proteja. Disney deja en evidencia que la familia se patenta como escuela patriarcal, y la figura paterna se encarga de proteger a su hija hasta que pasa al cuidado de su esposo.

Hasta ahora no encontramos la figura materna en ninguna película ya que para Disney no es necesario, el rol de la mujer se circunscribe a su concepción matrimonial y su capacidad reproductiva, más allá de esta función, ella no es necesaria ya que es el padre quien debe asumir la formación de sujetos heterosexuales y encaminados a su arquetipo social.

Como Ariel, Jazmine vence el miedo al exterior, se dispone a desobedecer las normas para explorar lo que hay más allá de su zona de confort y en el transcurso conoce a Aladdin y se enamora de él. Pero, por primera vez, nos topamos con una contraparte masculina que no posee ningún estatus económico ni político, pero lo compensa con el atractivo y las habilidades físicas, cualidades masculinas de las que carecían los pretendientes de Jazmine. Al igual que sus homólogas, carece de las habilidades o la capacidad necesaria para salvarse, así que su destino queda en manos de un hombre. No obstante, esto no le impide usar su arma más poderosa: su cuerpo. La joven utiliza su belleza con fines seductores para desviar la atención de Jafar y de esta forma Aladdin pueda tomar una ventaja y superar todos los conflictos. Finalmente, el joven vence al villano con su ingenio y como recompensa, se casa con Jazmine.

Fotograma de Aladin (Walt Disney Pictures, Clements R; Musker J; 1992)

Disney saca a la luz Mulán en 1998, un filme que intentó igualar el protagonismo femenino y masculino, aunque una tentativa bastante pobre. Mulán cambió la perspectiva en cuanto a representación femenina en películas, pero este aparente empoderamiento no llenó todas las expectativas. Mulán necesitaba aparentar ser un hombre y adquirir actitudes heterosexuales masculinas para luego aceptar la deshonra por asumirlo. Puesta en esa perspectiva, Mulán termina siendo denigrada por ser mujer y vuelve a su hogar y al punto de partida. 

Ahora bien, a pesar de esta problemática, la película no deja de tener méritos. Por primera vez vemos una evolución en el personaje femenino y hasta cierto punto una igualdad de género, ya que, pese al rechazo inicial, el general Shan termina viendo a Mulán como su igual más allá de ser mujer. No obstante, la película no termina de afianzar el empoderamiento femenino.

Bella y Mulán son similares: ninguna encaja en su pueblo y deciden infiltrarse en un ambiente hostil para salvar la vida de su padre. Se enfrentan a dos hombres, que constituyen el epítome de la masculinidad y la heterosexualidad con una actitud desafiante y emancipada. En su accionar encuentran el amor, pero de forma paulatina y no a primera vista como sus predecesoras. Ambos personajes son los más revolucionarios hasta la fecha.

Fotograma de Mulan (Walt Disney Pictures, Bancroft T; Cook B; 1998)

Llegados a este punto Disney solo ha sacado películas donde lo importante es alcanzar la felicidad mediante el logro del amor idealizado. Si bien, el público adulto consume este tipo de películas, a la larga, son filmes dedicados a los niños; por tanto, los besos, las relaciones o comportamientos sexualizados no deben ser inculcados en ellos de esta forma.

Poseer una perspectiva abierta y crear una base sobre la heterogeneidad y la diversificación en aras de no caer en prejuicios y encasillamientos es importante. Ver más allá de estereotipos socioculturales no solo abre un abanico a la creatividad, sino también al respeto y la aceptación de todos. Inculcar en los niños diferentes valores se hace necesario; el matrimonio no siempre trae la felicidad y hay mucho más que “un felices para siempre”. Es en la niñez donde se forman y se aprende a juzgar el entorno, por lo que es trascendental repensar las líneas de mensajes dirigidas al público infantil para no caer en la discriminación o en aprensiones erróneas.

Fotograma de Wifi Ralph (Walt Disney Pictures, Moore R; Johnston P; 2018)

Todas podemos ser Aurora, Ariel o Mulán y no necesariamente tenemos que esperar a que un hombre venga en su corcel blanco para ser felices. Ser independientes, arriesgadas, auténticas no nos hace menos femeninas; tampoco llevar espadas, pilotear, luchar contra dragones o liderar ejércitos, todas, de una u otra manera, somos princesas, soberanas, imperfectas, pero, al fin y al cabo, princesas.

2 comentarios en “Como ser una princesa y no casarse en el intento.

  1. Lu1ky

    No creo que la enseñanza de La sirenita sea la de estar “callada y sumisa” pues es justamente así como Ariel NO consigue conquistar a Erick. Las veces en las que él se fija en ella y precisamente cuando ella se muestra valiente y decidida. La sirenita en todo momento te enseña lo que NO debes hacer para alcanzar tus sueños, sea cual sea.
    Tampoco considero que para ser una heroína sea necesario no enamorarse. Las mujeres pueden ser heroínas de sus historias y aún así encontrar el amor, no tienen porque estar ligadas. Existen múltiples ejemplos de mujeres que han hecho lo uno y lo otri

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    1. Gretchen García

      En el caso de la sirenita la voz es el simbolo sexual y leitmotiv de eric para responder los sentimientos de ariel . La canción de ursula deja a entrever esta tesis y en ningún momento la pelicula lo corrige porque incluso cuando ariel recupera la voz eric no se enamora de ella porque habla sino porque tiene ”la voz” ellos no intercambian diálogos simplemente se aman y ya. Por otro lado en ningun momento afirmé que para ser heroina era necesario no enamorarse sino que disney no representa a sus protagonistas como heroinas sino como mujeres centradas solo en el logro del amor. Ghibli es ejemplo de como una mujer puede encontrar el amor y ser heroina. Pero sera para otra ocasión.

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